Aunque con 24 años para 25 he conseguido poco menos que nada en el baloncesto, he tenido la suerte de poder estar vinculado siempre a este deporte, unas veces como he querido y otras como he podido, pero eso sí, siempre en el club y en el colegio que prácticamente me he criado.
Después de haber sido medio jugador, para simultanearlo con las tareas de entrenador, para posteriormente ser entrenador y en la actualidad ser directivo, tarea que simultaneo con la de entrenador, pienso que estoy preparado de hablar de muchas cosas, aunque no sea directamente de baloncesto, cosas que están relacionadas con la vida diaria de un club y el desempeño de la tarea de dirección de un equipo.
Los tiempos han cambiado, o quizás soy yo el que ha cambiado un poco, véase el proceso de crecimiento o maduración que toda persona a la fuerza tiene, pero las cosas de equipo ya no se llevan de misma manera que antaño, cuando un adolescente patoso entrenaba entregadamente a las órdenes de su entrenador o de quien viniera a sustituirle.
Dentro de la pestosa atmosfera de romanticismo que desprende mi punto de vista, el de haber nacido y el de morir en el mismo club que dio la oportunidad hace 25 años a un niño rechoncho y patoso de jugar al baloncesto, voy a hablar de eso mismo, del romanticismo que cada día va desapareciendo de esto del baloncesto.
Y es que en la actualidad, no sé si es por la nostalgia de ver el baloncesto de manera más despreocupada, observo que cada día se pierde de alguna forma el orgullo de pertenecer a un equipo, el sentimiento de club, ideales, fidelidad, entrega, el querer jugar a toda costa… y todos esos cuentos de viejos.
Yo trataré de hablar en este blog de ese “romanticismo”, romanticismo que relaciono un poco con la frase del blog de Esther de “yo nunca falté a un entrenamiento por un examen”, que dicho sea de paso yo tampoco lo hice, y de lo que me llame la atención en mi guerra diaria como entrenador de un equipo cadete femenino y directivo de un modesto club de colegio. |